Como cada mañana, cojo el coche para ir a trabajar. Resulta algo ya de lo más rutinario, de hecho a la cochera llego siempre a la misma hora... Hoy, como la gran mayoría de los días de este húmedo y frío invierno, llovía. Luces, limpia, etc. Trafico más o menos denso (Granada es pequeña y las calles se llenan pronto), pero fluido. A medio camino escucho un sonido de agua demasiado, intenso, como si llevara algo del coche abierto (maldita manía mía de mosquearme con cualquier pequeño ruidito extraño o desconocido a mi alrededor). Repaso los cristales, todos cerrados. Parece que viene de la parte trasera derecha, así que me da por abrir el cristal para ver si escucho mejor el ruido. Bendita cosa hice... Tras volver a pulsar el botón, el cristal que no se cierra, ni el amago siquiera. En lo que quedaba de trayecto maldije el mecanismo eléctrico y el tener un coche con ventanillas eléctricas. En esos momentos te acuerdas de los coches de antaño con sus infalibles manivelas (reconozco que el resto del año ni lo contemplas...). Por un momento te imaginas el coche camino del taller, con el hueco tapado por un plástico, un presupuesto inflado, una puñalada al monedero. Y encima lloviendo.
Despues de varios minutos, llego al trabajo. Lo primero que hago es bajarme y dirigirme a la puerta en cuestión. La abro, pulso el botón... tampoco sube. Tirón al cristal... Tampoco. Joder joder... Segundo tirón, botón, sube. Respiras como cuando llevas un rato buceando. Por suerte queda, como muchas veces, en un susto. Olvidas el plástico, la cinta y de momento, el taller... otra vez será.
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